A propósito de “A veinte palmos del suelo”.
Abordar la pérdida de la memoria, la identidad, las
relaciones más íntimas y cercanas o los desafíos cotidianos, no solo desde el
punto de vista del enfermo sino también de su familia o amigos, nos sitúa ante
el espejo de una realidad poliédrica con profundas derivadas emocionales,
psicológicas e, incluso sociales. Más si el protagonista de esta historia
ya no está entre nosotros.
Esa es la propuesta inicial de la última novela de
Alfredo Cot, A veinte palmos del suelo, quien se nos reconoce, una
vez más, como un autor brillante por su capacidad de explorar las complejidades
de la condición humana con una prosa clara y evocadora, llena de matices y
capaz de capturar tanto los momentos de dolor como los de esperanza con una
gran belleza. Desde sus primeras páginas, Alfredo consigue captar nuestra
atención con una narrativa profunda y emocionante. Las descripciones son
vívidas e inmersivas, transportándonos al interior vital de su protagonista.
Pero A veinte palmos del suelo es una
novela ciertamente más compleja que explora las vidas de Santiago y su
familia. El protagonista, para sorpresa del lector y por obra y gracia del
realismo mágico en el que nos sumerge su autor, está muerto después de sufrir
Alzheimer. En esos primeros instantes el finado se adentra en un espacio
nebuloso con gran confusión mental. Cuando se convierte en espíritu, sus
recuerdos retornan y se mezclan con lo que presencia en su casa: los
movimientos y relaciones de su mujer Dominica, sus hijas, sus nietos, y los
secretos o pasados problemáticos de cada uno de ellos. A medida que se
revelan secretos familiares y pasajes, emerge un retrato más complejo de
Santiago.
Su espíritu, flotando sobre el techo, observa los
movimientos y relaciones de su familia mientras recupera aquellos recuerdos
perdidos que le hurtó la enfermedad. A medida que sus memorias emergen, el
autor de la novela nos presenta un segundo relato, escrito por el propio
difunto años atrás y que ha sido descubierto por su nieto entre cartas
olvidadas y otros detalles en su despacho.
Esta segunda historia, que añade una dimensión
metaliteraria y enriquece el relato, revelará un perfil de Santiago que no
coincide exactamente con lo que todos conocían de él y que sorprenderá a sus seres
más queridos.
Esta novela genera una historia adicional y paralela
dentro de la narración general. Basada en dos personajes de ficción, Mateo
y Violeta, parece estar inspirada de manera autobiográfica en la vida de
Santiago. Sus protagonistas, al igual que aquel, intentan hacer recuento
de sus vidas hasta descubrir un punto en común: Susan, personaje misterioso que
liga todas estas historias literarias hasta un punto de fuga convergente.
La novela destaca por su profundidad emocional,
explorando temas tan universales como la propia condición humana, la
resiliencia y la conexión entre las personas, todo ello a través de una
narrativa lírica bien estructurada y con un estilo depurado y de gran riqueza
en el léxico.
Una de las reflexiones centrales gira en torno a la
inmortalidad del alma y la perspectiva de la vida después de la
muerte. Esta novela presenta la muerte como una liberación de las
limitaciones físicas, ya que el alma puede recuperar recuerdos y ganar una
comprensión más profunda de lo que ha vivido, una idea parecida a la que
proponía Sócrates en el Fedón, tal y como recordaba Alicia Muñoz en
la reseña que le dedica a la novela de Alfredo Cot.
También reflexiona sobre la importancia de la memoria
y su papel en la construcción de la identidad. El protagonista, Santiago,
tras su muerte, recobra los recuerdos que el Alzheimer le había robado,
planteando la idea de que la verdadera esencia de las personas puede ir más
allá de las enfermedades que deterioran la mente.
Además, la novela explora también la cuestión de la
segunda oportunidad y la redención. En su nuevo estado espiritual, el
protagonista tiene la oportunidad de ver y comprender las complejidades y los
secretos que rodeaban su vida, lo que sugiere que la muerte no es solo un
final, sino también una posibilidad de entender lo que no se ha podido hacer en
vida, lo que aporta una cierta paz y reconciliación post mortem.
Autor ya consolidado como lo demuestran sus
novelas El bulevar de las hormigas; Cien días de otoño; Peinar
el viento; La última cena; Abecedario de Flores o
la adaptación de la Odisea, con su última obra Alfredo Cot se
revela definitivamente como un narrador capaz de crear historias capaces de
tocar el alma del lector.
Enric Olivares Torres
